A 216 años de la Revolución de Mayo, la disputa por el sentido de la historia adquiere una urgencia de primer orden. No se trata de un debate académico, sino de una trinchera política. El gobierno de Javier Milei pretende legitimar su proyecto de entrega y miseria planificada construyendo un hilo histórico falso, una línea imaginaria que une la gesta de 1810 con el libre mercado, la Constitución de 1853 y el genocidio de los pueblos originarios perpetrado por la generación del 80. Esa lectura no es solo un error conceptual; es una adulteración consciente destinada a justificar el sometimiento actual.
La Revolución de Mayo no nació en un vacío ideológico ni fue un simple trámite aduanero para liberar el comercio. Fue el desenlace de tres siglos de resistencia armada contra la opresión colonial y feudal.
La raíz plurinacional y popular de la independencia
El relato oficial de las clases dominantes siempre intentó reducir la revolución a un suceso porteño y de elite. La realidad histórica es estrictamente inversa: el grito de 1810 germinó sobre la sangre y el fuego de los grandes levantamientos continentales. Desde la gigantesca rebelión social de Tupac Amaru en 1780 hasta la resistencia de los pueblos kollas, diaguitas, qom, guaraníes y mapuches, las naciones originarias sostuvieron una guerra de siglos contra el invasor.
A esta base de rebeldía insurreccional, se sumaron las masas de criollos oprimidos, mestizos y esclavos que no sólo expulsaron a las invasiones inglesas en 1806 y 1807, sino que nutrieron las milicias civiles que terminaron derrocando al virrey. La Primera Junta y el posterior ejército liberador, existieron porque hubo patriotas que se pusieron al frente y un pueblo en armas, dispuesto a sostener la ruptura. La guerra de la independencia se ganó en el barro, con el Éxodo Jujeño, las tácticas de guerrilla en el Alto Perú, las montoneras de Güemes y el pacto de San Martín con las comunidades indígenas a ambos lados de la Cordillera.
El Libre Comercio como mito libertario
El intento de Milei de encasillar a los patriotas como precursores del anarcocapitalismo choca de frente con el proyecto de los sectores más avanzados de la época. Para figuras como Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli, la ruptura del monopolio español no era un fin en sí mismo para abrir los puertos al saqueo extranjero, cambiando de amo, sino una necesidad estratégica. Buscaban desarrollar la agricultura, potenciar los productos locales y expandir un mercado interno que permitiera un desarrollo industrial propio.
Quienes hoy rifan el patrimonio nacional, destruyen la industria y arrodillan al país ante los capitales imperialistas, no son los herederos de Mayo; son los continuadores de la aristocracia terrateniente y los grandes mercaderes que, ya en aquella época, traicionaron el impulso democrático para salvaguardar sus privilegios de clase.
Las tareas pendientes de la liberación
La victoria militar sobre España en Ayacucho (1824), garantizó la independencia formal, pero la revolución quedó inconclusa. El triunfo posterior de la oligarquía porteña y terrateniente —consolidado hacia 1880 mediante tres genocidios: la destrucción del Paraguay, el aplastamiento de las montoneras federales y las sangrientas «Campaña del Desierto» y la «Campaña del Chaco»— sepultó el programa transformador de Mayo. Las tareas democráticas fundamentales, principalmente la distribución de la tierra, factor interno de la dependencia, con una reforma agraria que corte esas cadenas que nos fueron subordinando a los poderosos del mundo, quedaron pendientes.
Hoy, la historia se repite bajo nuevas formas. El gobierno actual representa la claudicación absoluta ante el imperialismo y el latifundio. Por eso, recuperar la verdadera historia de nuestra gloriosa insurrección, no es un ejercicio de nostalgia: es una herramienta de combate. Contra la política de hambre y entrega, las banderas de los revolucionarios de 1810, siguen vigentes en la lucha actual por la definitiva liberación nacional y social.